
Permitid que sea yo el que os revele uno de los más grandes secretos de la civilización occidental. Si bien es cierto que a lo largo del día mi ira ha ido menguando hasta permitirme escribir este post, también debo admitir que el enfoque inicial del mismo ha ido cambiando hasta convertirse en una defensa imaginativa de las aberraciones culinarias.
Hoy, durante un bajoncillo de azúcar, me he acercado a una tienda regentada por unos amables ciudadanos chinos que me han suministrado unos donettes blancos fresquísimos para solventarlo. En una de las paredes se mostraba desafiante un anuncio de un producto que en sí mismo era la esencia del suspense: Hitchcock mismo habría obviado cualquier referencia a pájaros si hubiera tenido la suerte de conocerlo; se trataba de los “Choco Risketos”, una mágnifica referencia a la cocina fusión que se pasaría las bases del “mar y montaña” por el Arco del Triunfo, ya que consistiría, en principio, en una mezcla de queso y chocolate (puag!). Visto lo visto, podríamos decir: Adriá, chúpate ésa, Risi te va a ganar la partida…
Esta idea me ha tenido (junto a la inquietud que inoculé en todo el que me rondaba) desconcertado gran parte de la tarde, hasta que, en un alarde de valentía, he decidido que era el momento de “experimentarlos”. ¿Qué erupción de sabores me esperaría en esa bolsa de dudoso diseño? ¿Podrían mis papilas gustativas soportarla?

En la bolsa lo dejaba muy claro: estaba frente a los “auténticos” (¡!) Risketos cubiertos de chocolate. Nada podía fallar.
Antes de perder mi virginidad gustativa frente al culmen de los aperitivos lowcost, decidí retratarme junto a ellos, principalmente por la insólita premonición que tuve entonces de que mi vida podría cambiar si los probaba, ya que, de hacerlo, quizás acabaría como un yonki, perdiendo mis ahorros frente a kiosquillos de chucherías y vendiendo mi culo por unas miserables barritas quesi-dulces.

En el momento de rasgar el precinto un escalofrío me recorrió los huesos hasta la médula espinal, ya que mi pituitaria, acostumbrada al olor penetrante de multitud de quesos, no reconoció ni una pequeña muestra de ese aroma en interior del envase.
En ese mismo instante deseé parar, deseé no haber empezado a abrir esa nueva caja de Pandora, poder dar marcha atrás y conseguir olvidar esa intrigante bolsa para, en cambio, poder degustar uno de los donettes sobrantes de la mañana. Pero ya era tarde, la multitud a mi alrededor esperaba un veredicto contundente: ellos parecían más ansiosos que yo en que probara ese engendro industrial y saciara mi necesidad insana de conocimiento sensorial para que por fin les dejara tranquilos. Ellos no sabían, al igual que yo, que ese gesto tornaría su existencia en una banalización obvia de la alimentación postmoderna.
Temerariamente, metí un puñadito en mi boca y bastaron dos segundos para cerciorarme que todo había sido una estafa. Si en nuestro imaginario popular los chinos están relacionados con el engaño, en este caso concreto estaba claro que ellos tenían poco que ver en el asunto. Los supuestos risketos no eran más que insípidos palitos de maiz inflado azucarado, con una triste cobertura de un chocolate digno de una merienda de postguerra, arcilloso y mustio.
Mi gesto de indiferencia provocó algo de desilusión en los espectadores: una arcada habría estado mejor. Les comenté que el snack salado con piel exótica que aguardábamos era un pasarratos dulce del montón. Uno por uno fueron probándolo y la bolsa se vació completamente, como vacías quedaron nuestras esperanzas ante la posibilidad de un Santo Grial de la originalidad festiva. Nos despedimos, aún con las manos limpias, deseando que nuestra experiencia se difundiera para que nadie más notara la mediocridad de nuestros paladares y los desvaríos de nuestra imaginación.
Mañana, dentro de un mes (o nunca), hallaré otro enigma similar en la ironía de dos ingredientes contrapuestos. Me arriesgo a recomendaros la manzana verde con queso de cabra: conozco algunas propuestas bastante arriesgadas, pero reconoced que hoy podrían haberse roto muchas barreras.
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Tags: chocorisketos, risketos, Snacks
PERO QUE GRANDE!!!
el amigo de aquí al lado, ante tamaña hazaña me ha descrito una, si cabe, mayor… desayunar risketos and cia. (sobras de un cumpleaños) en leche con colacao!! y da fe de que están buenos… por prescripción de una niña de 8 años..
Yo le creo, debo de creerlo, quien no ha tomado patatas del mcdonalds con sundae o ha desayunado en algún sitio con un cafelito mientras le ponían una tapa de boquerones.
Grandes combinaciones, bombas para nuestro estómago.
Como dijo Joey en un capítulo de Friends: “¿Como no iba a gustarme? ¿La nata? Me gusta. ¿La mermelada? Me gusta. ¿La carne? Me encanta.”
Todo esto me ha recordado al famoso fake de los condones con sabor a chorizo, ¡Qué cosas!